13:03 pm | 6 de septiembre de 2008
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Fiestas Patrias, recuerdos de un pasado

Como en un abrir y cerrar de ojos, ya estoy en vísperas de los 60′. Por mi mente pasan maravillosos recuerdos de mi infancia, imágenes de mi familia, de mi colegio, todos preparándonos para celebrar un año más de Fiestas Patrias.

La ceremonia en la Escuela Nº 96, con los profesores y un entusiasmo increíble. Nos formaban una y otra vez para prepararnos para desfilar frente a los apoderados. En el centro del patio, nada menos que el Director, el Sr. Véliz. Para que hablar de las ornamentaciones en las salas de clases, en diferentes lugares del colegio; toda una fiesta!!

El tricolor, blanco, azul y rojo alegraba todo el entorno. Mi madre sentada frente a la máquina de coser a pedales, con gran cariño y esmero daba todo para que la tenida de huaso fuera  más brillante, resaltando su hermoso colorido.

El día “18”: la gran fiesta llegaba y estábamos orgullosos formados frente a las autoridades. Sentíamos cierta envidia por el que portaba el estandarte y al tiempo cantábamos la canción nacional a todo pulmón.

Al final todos nos felicitaban y nos ibamos junto a la familia a nuestras casas, donde la infaltable empanada y el asadito, hacían una tarde alegre y entretenida, con cada miembro del clan compartiendo animadamente.

La música ambientaba tradicionales cuecas que bailábamos y producto del zapateo levantábamos tal polvareda que todos arrancaban para proteger sus vestimentas “tan delicadas”, que escogíamos para ese importante día.

Recuerdo como mi padre fabricaba con coligue, papeles y la infaltable cola en baño maría, maravillosos volantines, los que juntaba con inusitado celo. Nosotros con mis hermanos con papel de diario hacíamos “chonchones”, que corriendo por el pasaje los elevábamos con gran esfuerzo…

Al otro día de la celebración, toda la familia, vestidos a la usanza nacional, partíamos a los faldeos del cerro Calán, elevábamos los apreciados volantines de papá, uno que otro reto nos llevábamos porque no éramos los mejores en la especialidad.

El cielo brillaba exultante, con múltiples colores, veía danzar volantines tricolores, amarillos, rojos, también de equipos de fútbol como Colo-Colo, la “U” de Chile, entre muchos otros…y entremedio el del papá, él era un experto.

El día 19, día de la Parada Militar, me sentaba en el mejor asiento, veía todo el mundo, ¡estaba en  los hombros de papá!, Los sones de la banda militar, de los aviáticos, de la marina: ¡que gallardos se veían! … ¡quería ser uno de ellos!

Con los sonidos de las marchas militares escuchándolos cada vez más lejanos, nos retirábamos. Yo aún vestido de huaso.

Por la tarde todos juntos salíamos a ver las ramadas. La gente que nos rodeaba se veía muy feliz, también muchos niños, que orgullosos mostraban su cinta tricolor amarrada al cinto, toda una novedad.

El palo encebado, los trompos, el emboque por doquier, carreras de ensacados, ¡era una fiesta para mi!

Pasaron los años. Mis hijos ya grandes, quise hacerles vivir lo mismo que yo a su edad, fabriqué volantines, me preparé con mucho anhelo, pero estaban en otra.

Hoy prefieren el “chateo”o juntarse para escoger donde salir a “carretear”, ¿para que ir a encumbrar volantines? ¡Que lata!, me dicen.

Entonces con mi vieja salimos a recorrer algunas ramadas. Allí sólo domino la cumbias. Con el regetón me pareció que estaba en Centroamérica o en Brasil, de repente escuchamos una cueca y partimos corriendo para entrar a bailar. Al llegar a la pista, nuevamente cumbias, ¡queríamos cuecas, pero nada.

¡Que diferencias! Mientras regresábamos a casa, una que otra bandera nacional flameaba en el frontis de las casas y en unos pocos autos. En mi época joven todas ellas estaban adornadas con nuestro pabellón patrio, los chicos divirtiéndose con nuestros tradicionales juegos, con juguetes simples y antiquísimos; las niñitas saltando al luche, los niños a las bolitas, recuerdo la Troya, los tres hoyitos….

Hoy mis vecinos viajan a Mendoza, a Brasil y de nuestras Fiestas Patrias… casi nada.

Esta etapa en que vivimos la globalización, luego, sin duda, la universalización, pienso que las naciones seguramente perderán su identidad, sus tradiciones locales, sus propias costumbres para finalmente ser un todo.

Un mundo donde la hegemonía económica será tan centralizada, que sobrepasará lo político, transformando al ser humano sólo en un ente productivo, que ni siquiera sabrá quiénes son sus empleadores o al menos, jamás los conocerá. Hoy ya vivimos parte de eso.

El sentimiento de pertenencia, de patriotismo, poco a poco se va perdiendo, asumiéndose una identidad universal, olvidándonos de nuestras propias raíces y exquisitas costumbres, a lo cual me revelo con todas mis fuerzas.

Alfonso Lino Denecken Alberti

Empresario

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